La Gran Falsificación de 1717

Por Salvatore Brienza

La Instrumentalización Política y Religiosa de la Francmasonería (1649-1813)

Resumen
El presente trabajo examina el proceso mediante el cual la francmasonería primitiva —de carácter republicano, científico y universalista— fue sistemáticamente reconfigurada entre 1649 y 1813 para servir a los intereses de la monarquía británica de la Casa de Hannover y del clero protestante anglicano. 
Lo que aquí se denomina "La Gran Falsificación" no fue un evento aislado, sino una operación histórica articulada en múltiples fases: la absorción institucional de las logias a través de la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717, la reescritura de sus principios filosóficos mediante las Constituciones de Anderson (1723), la codificación de la exclusión social y de género como mecanismo de control demográfico interno, y la imposición de los Landmarks como blindaje dogmático e inmutable de todo lo anterior. 

El resultado fue la transformación de una fraternidad de librepensadores en una red de sociabilidad masculina y clasista al servicio del orden monárquico-colonial, incapaz institucionalmente de gestar ningún tipo de transformación social radical.

Introducción

Pocas instituciones de la modernidad occidental han sido tan debatidas, mitificadas y tergiversadas como la francmasonería. Objeto de condenas papales, persecuciones políticas, teorías conspirativas y reivindicaciones revolucionarias por igual, la orden ha transitado la historia cargando con el peso de significados que con frecuencia poco tienen que ver con sus verdaderos orígenes. Precisamente en esa distancia entre el origen y la representación oficial reside el núcleo del problema que este trabajo se propone analizar.

La tesis central que aquí se desarrolla es que la francmasonería tal como se conoce en su forma institucional dominante —la llamada masonería especulativa anglosajona— no es la heredera legítima de la tradición operativa y renacentista que la precede, sino su sustituto fabricado. Una construcción política deliberada, ejecutada en un contexto de aguda pugna dinástica y religiosa, con el objetivo de neutralizar el potencial subversivo de una institución que ya había demostrado su capacidad para cambiar el mundo: en 1649, bajo la égida republicana de Oliver Cromwell, la masonería primitiva contribuyó decisivamente a la abolición del oficio de rey en Inglaterra, un hecho que conmocionó las bases del absolutismo europeo y que marcó a la orden como una amenaza existencial para cualquier trono.

Fue precisamente ese antecedente el que motivó la respuesta de las élites. Incapaz de destruir una institución que ya había penetrado en los estratos más influyentes de la sociedad, la Casa de Hannover optó por una estrategia más sofisticada: la cooptación. A través de la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717, bajo la dirección de clérigos protestantes como John Theophilus Desaguliers y James Anderson, se puso en marcha un proceso de reingeniería institucional que alteró los fundamentos filosóficos, históricos y simbólicos de la orden. La Biblia reemplazó a la Razón. El mito del Gran Arquitecto del Universo desplazó al librepensamiento científico. La leyenda de Hiram fue reinterpretada para señalar a la rebelión popular —y no a la tiranía— como la fuente del mal. Y la prohibición del debate político dentro de las logias garantizó que ninguna de sus redes pudiera volver a articular un proyecto de cambio de régimen.

Para comprender la magnitud de esta operación, el presente trabajo la examina en tres dimensiones complementarias. En primer lugar, se analiza el contexto histórico de la disputa entre los Estuardos y los Hannover, que convirtió a las logias en campo de batalla por la hegemonía simbólica y política de Europa. En segundo lugar, se estudia el contenido concreto de la falsificación: los cambios doctrinales, simbólicos y reglamentarios introducidos por Anderson y sus sucesores, así como la codificación de la exclusión de género y clase como instrumentos de control. Finalmente, se examina el papel de los Landmarks —esos principios declarados inmutables y de origen inmemorial— como el mecanismo jurídico-ideológico que blindó la falsificación, la perpetuó y la exportó globalmente bajo el estandarte de la "regularidad masónica".
La comprensión de este proceso no es un ejercicio de erudición anticuaria. Es una condición necesaria para entender por qué la masonería, pese a haber sido en sus orígenes un espacio de librepensamiento y fraternidad universal, terminó siendo en gran medida una institución compatible con el colonialismo, el patriarcado y la teología institucionalizada. La Historia, cuando se falsifica con suficiente poder detrás, no solo reescribe el pasado: también programa el futuro.


El Antecedente Operativo y el Republicanismo de Cromwell

Originalmente, la francmasonería progresista se fundamentaba en el ars memorativa y la transmisión de conocimientos técnico-científicos. Durante el Renacimiento, figuras como Leonardo da Vinci habrían impulsado estas cofradías como espacios de librepensamiento protegidos de la Inquisición. Sin embargo, su potencial político estalló en 1649. Bajo el liderazgo de Oliver Cromwell, la masonería primitiva —de carácter republicano— fue el motor ideológico que permitió la abolición del oficio de rey en Inglaterra y la instauración de la Mancomunidad (Commonwealth). Este evento marcó a la masonería como una amenaza existencial para el absolutismo europeo.


La Lucha entre Estuardos y Hannover: Catolicismo vs. Protestantismo

Tras la caída de la República y la posterior Revolución Gloriosa de 1688, la lucha por el control de las logias se convirtió en una guerra de guerrillas simbólica. Los Estuardo, en su exilio en Francia (Saint-Germain-en-Laye), utilizaron la masonería escocesa como un bastión de resistencia católica y legitimista. Esta facción introdujo los "Altos Grados" de caballería, una innovación de Andrés Miguel Ramsay en 1737, con el fin de aristocratizar la orden y vincularla a la causa jacobita y al papado.    En respuesta, la Casa de Hannover, instalada en el trono británico en 1714, identificó que no podía destruir la masonería, por lo que decidió absorberla. 

En 1717, la fundación de la Gran Logia de Londres —bajo la dirección de clérigos protestantes como John Theophilus Desaguliers y James Anderson— representó el contraataque oficialista. El objetivo era crear una "masonería de Estado" que fuera leal al rey y que excluyera cualquier debate político o religioso que pudiera desestabilizar a la nueva dinastía protestante.

 

La Falsificación de los Elementos Clave

Para que esta nueva masonería fuera funcional al Imperio Británico, se requería una reescritura de sus principios fundamentales. El sistema de Anderson (1723) y la posterior reforma de William Preston (1760) ejecutaron tres cambios críticos:

Sustitución de la Razón por el Dogma: Se impuso la Biblia como "Gran Luz", eliminando el carácter laico y científico de la masonería primitiva para transformarla en una sociedad para-religiosa sujeta al Gran Arquitecto del Universo como deidad teológica.

Inversión de la Leyenda de Hiram: Mientras que la masonería republicana identificaba a los asesinos del Maestro con la tiranía y la hipocresía del poder, la versión de la Gran Logia de Londres desplazó la culpa hacia "tres compañeros ignorantes", simbolizando el peligro de la democracia y la rebelión popular contra la autoridad.

Prohibición Política: Al prohibir formalmente el debate político dentro de las logias, la monarquía británica garantizó que la institución fuera incapaz de gestar movimientos revolucionarios, convirtiéndola en una red diplomática al servicio del colonialismo.

 

Los Límites de Anderson: La Institucionalización de la Exclusión

La "Gran Falsificación" alcanzó su cénit con la formalización de los requisitos de admisión. Anderson estableció que, para ser masón, el candidato debía cumplir con condiciones que hoy se analizan como herramientas de segregación clasista y de género, diseñadas para asegurar la estabilidad del orden monárquico-protestante.


La Condición de "Hombre Libre y Nacido Libre

Uno de los límites más significativos fue la exigencia de que el aspirante fuera "Free-born" (nacido libre).

Implicación Política: En el contexto del siglo XVIII, esto excluía automáticamente a siervos, esclavos y a cualquier persona que no tuviera una herencia de libertad civil.

Propósito: Garantizar que los miembros de las logias fueran individuos con patrimonio o estatus social suficiente para no ser "seducidos" por ideas radicales de redistribución de riqueza. Se buscaba una membrecía que tuviera algo que perder bajo un cambio de régimen, asegurando así su lealtad a la Casa de Hannover.

 

La Exclusión de la Mujer: El Límite Biológico

Las Constituciones de 1723 son taxativas al declarar que "ni mujeres, ni eunucos" podían ser admitidos en la orden.

La Ruptura con el Pasado: Investigaciones históricas sobre la masonería operativa en Escocia e Inglaterra (como los registros de la Logia de York) sugieren que antes de 1717 existieron casos de mujeres que, al enviudar de maestros masones, heredaban la dirección de los talleres y eran reconocidas por el gremio para trabajar.

El Motivo de la Prohibición: La masonería de Anderson se diseñó como un espacio de sociabilidad masculina para la élite. Al excluir a la mujer, la Gran Logia de Londres eliminaba cualquier posibilidad de que la orden se convirtiera en un espacio de agitación social mixta, alineándose con la estructura patriarcal de la Iglesia Anglicana y la monarquía de la época. La mujer fue relegada al papel de "esposa del masón", sin voz ni voto en los misterios de la institución.

 

La Exclusión de "Incapacitados y Analfabetos

Anderson también impuso límites físicos y mentales. Se prohibía la entrada a personas con defectos físicos notables (cojos, ciegos, etc.) y a quienes carecían de una educación básica.

Contradicción Operativa: Mientras que la masonería original valoraba la habilidad manual, la de Anderson valoraba la apariencia social. Un artesano brillante, pero con una deformidad física era rechazado, mientras que un noble o clérigo sedentario era bienvenido, confirmando que la "construcción" ya no era el objetivo, sino el prestigio social.

 

Los Landmarks: El "Candado" de la Gran Falsificación


Si la redacción de las Constituciones de Anderson fue el acto de usurpación, la imposición de los Landmarks fue su blindaje. Estos principios se presentaron como leyes "existentes desde tiempo inmemorial" que, por definición, son inmutables: no pueden ser derogados ni alterados por ningún masón o potencia masónica.

 

 La Imposición de "Verdades" Teológicas

El principal uso de los Landmarks en la Gran Falsificación fue la obligatoriedad de la creencia en un Dios revelado y en la inmortalidad del alma (especialmente tras la revisión de la Gran Logia Unida de Inglaterra en 1813).

El Efecto: Al declarar esto como un Landmark inmutable, se expulsó el librepensamiento científico y el ateísmo metodológico que caracterizaba a la masonería operativa progresista. La duda, base de la ciencia, quedó prohibida bajo pena de irregularidad.

Control de la Iglesia: Esto permitió que la Iglesia Anglicana (protestante) y, en ciertos ritos, la influencia católica, mantuvieran un control ideológico sobre los miembros, asegurando que nadie cuestionara los fundamentos religiosos que sostenían el derecho divino de los reyes.

 

La Inmutabilidad como Herramienta de Control Político

Al declarar que las reglas de la Gran Logia de Londres eran "Landmarks", se anuló la capacidad de las logias para evolucionar o retornar a sus raíces republicanas.

Dogmatismo Jurídico: Se estableció que cualquier intento de reformar la estructura (como permitir la participación política activa o la inclusión de mujeres) violaba un Landmark. Esto creó una parálisis institucional que servía perfectamente a la monarquía: una masa crítica de ciudadanos influyentes que tenían prohibido, por "ley inmutable", usar su organización para el cambio social radical.

La "Regularidad" como Mecanismo de Exclusión

Los Landmarks sirvieron para inventar el concepto de "Regularidad Masónica".

Elemento Vinculante: Quien no aceptaba la falsificación londinense era declarado "irregular". Esto funcionó como una excomunión civil. De este modo, la Gran Logia de Londres pudo monopolizar la "franquicia" masónica a nivel global, deslegitimizando a las logias operativas auténticas que aún existían en Europa y que conservaban el espíritu de la República de Cromwell o de la Academia Vinciana.

Un pilar fundamental de la Gran Falsificación fue la codificación de la exclusión en las Constituciones de 1723. James Anderson no solo alteró la historia política de la orden, sino que impuso límites biológicos y sociales que traicionaron el espíritu universalista del Renacimiento.        

Al prohibir explícitamente la entrada de mujeres —rompiendo con ciertos antecedentes operativos de aceptación gremial— y exigir que los miembros fueran 'nacidos libres' y de 'buena reputación' según los estándares de la gentry británica, la Masonería Especulativa se blindó contra las clases trabajadoras y las voces femeninas.

Esta segregación no fue casual; fue una estrategia de control demográfico dentro de las logias para asegurar que el librepensamiento quedara restringido a un estrato social que no cuestionara las bases del sistema monárquico-patriarcal del Imperio.

La consolidación definitiva de la Gran Falsificación se logró a través de la doctrina de los Landmarks. Al definir ciertos principios como verdades inmutables y de origen inmemorial, la élite Hannoveriana y el clero protestante lograron dogmatizar la Orden. Estos 'límites' funcionaron como un candado ideológico: convirtieron la adhesión a la teología y la lealtad monárquica en requisitos de existencia misma para el masón. Al hacer la norma inmutable, se eliminó la soberanía de las logias, subordinándolas perpetuamente a un modelo diseñado en 1717 para servir a los intereses del Imperio Británico, asfixiando cualquier vestigio de la masonería operativa científica y su potencial revolucionario.


Conclusión

El recorrido trazado a lo largo de este trabajo permite arribar a una conclusión de fondo que trasciende el debate interno masónico: la historia de la Gran Falsificación es, ante todo, una lección sobre los mecanismos mediante los cuales el poder institucionaliza su propia perpetuación disfrazándola de tradición sagrada e inmutable.

Desde la abolición de la monarquía en 1649 hasta la consolidación dogmática de 1813, lo que se produjo no fue la evolución natural de una institución, sino su secuestro sistemático. La francmasonería primitiva —ese espacio de transmisión científica, de librepensamiento protegido del fanatismo inquisitorial, de fraternidad que en su forma más genuina había rozado la posibilidad de una república— fue vaciada de su contenido subversivo y rellenada con los valores que la hacían inofensiva para el orden que pretendía transformar: la lealtad teológica al Gran Arquitecto, la obediencia tácita a la Corona, la exclusión de mujeres y trabajadores, y la prohibición constitucional de la política.

Las Constituciones de Anderson no fueron un documento fundacional, sino un acta de rendición encubierta como nacimiento. Los Landmarks no fueron principios inmemoriales, sino cadenas forjadas con la apariencia de anclas eternas. Y la "regularidad masónica" no fue un criterio de autenticidad, sino una herramienta de excomunión civil para deslegitimar a quienes se negaron a aceptar la falsificación.

Lo que hace especialmente relevante este análisis en el tiempo presente es que sus efectos no quedaron confinados al siglo XVIII. La masonería especulativa anglosajona exportó globalmente, a través del Imperio Británico y sus redes diplomáticas, un modelo de fraternidad que llevaba inscrita en su código genético institucional la prohibición del cambio radical. Generaciones de hombres ilustrados, progresistas en sus convicciones individuales, fueron organizados en logias que por definición estructural no podían articular ningún proyecto colectivo de emancipación real.

Recuperar la memoria de la masonería operativa y republicana —la de Cromwell, la de las academias vincianas, la de los talleres escoceses anteriores a Anderson— no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de resistencia epistemológica. Porque mientras el origen verdadero permanezca oscurecido bajo el peso de la falsificación oficial, la institución seguirá siendo, como la diseñaron sus captores, un espejo que refleja el orden establecido en lugar de una ventana hacia el mundo que podría construirse.

La piedra angular de cualquier renovación masónica auténtica deberá comenzar, inevitablemente, por el reconocimiento honesto de que lo que se heredó no fue una tradición, sino su simulacro.


Referencias Bibliográficas

Adame, F., & Ramírez Valdez, M. (s.f.). La Gran Falsificación Masónica. Academia Francmasónica Mexicana.

Anderson, J. (1723). The Constitutions of the Free-Masons: Containing the History, Charges, Regulations, &c. of that most Ancient and Right Worshipful Fraternity. London: J. Senex and J. Hooke.

Castells, I. (2010). La masonería y las mujeres: Una historia de exclusión y lucha. Madrid: Ediciones Akal.

Ferrer Benimeli, J. A. (1982). El contubernio judeo-masónico-comunista. Madrid: Istmo.

Garrido, F. (1933). Los Caballeros Templarios y la Masonería. Buenos Aires: Ediciones Libertad.

Knight, C., & Lomas, R. (2002). La clave masónica. Barcelona: Martínez Roca.

Ramírez Valdez, M. (2019). La Francmasonería Progresista frente al Dogmatismo Inglés. Revista Francisco de Miranda, (12), 4-15.

Mackey, A. G. (1858). Foundations of Masonic Law. (Donde se listan los 25 Landmarks más conocidos, consolidando la visión especulativa del siglo XIX).

Stevenson, D. (1988). The Origins of Freemasonry: Scotland's Century, 1590-1710. Cambridge University Press. (Fuente clave para entender la masonería operativa antes de Anderson).

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