Los carbonarios y el sentido de la unidad

Por Salvatore Brienza

Cuando el “pagani” es conducido al medio del bosque para ser iniciado, no está solamente entrando a una sociedad de hombres y mujeres que trabajan en la Floresta. Porque ocultos entre los árboles; se entra, en realidad, a una comunidad, con destino en común.

Este tránsito no es individual, sino colectivo. Porque no somos llamados a ser, únicamente, un iniciado, sino a convertirnos en parte viva de una hermandad unida por la leña, por el fuego y por el carbón.

Uno de los signos más antiguos y conmovedores de la recepción consistía en embadurnar el rostro del candidato con carbón o con hollín. A primera vista, podría parecer un acto rústico, casi tosco, nacido de la rudeza del oficio de la carbonería forestal; sin embargo, detrás de aquella “negrura ritual” se escondía una doctrina profunda, una “pedagogía del anonimato” y una filosofía de la unidad.

El carbón no ennegrecía solamente la piel: borraba las diferencias.

Bajo aquella máscara de ceniza ya no existía el noble, el plebeyo, el perseguido, el sacerdote rebelde, el revolucionario o el campesino. Todos eran iguales en la Floresta. Todos quedaban reducidos a una misma apariencia, a una misma sombra, a una misma materia.

Y he aquí la primera enseñanza del Carbonarismo: La unidad comienza cuando desaparecen los signos exteriores que separan a los hombres.

La sociedad profana vive de las distinciones: títulos, apellidos, fortunas, honores, vanidades, rangos, doctrinas y prejuicios. En el Bosque Carbonario, por el contrario, se obliga al neófito a perder el rostro social para adquirir un rostro iniciático. No es casual que esta imagen nos recuerde la sentencia bíblica: “Polvo eres y al polvo volverás.”

Tampoco es accidental que el cristianismo la haya perpetuado en el rito del Miércoles de Ceniza, donde la marca en la frente nos recuerda la fragilidad de la condición humana y la nulidad de todo orgullo. Pero mientras en la liturgia eclesiástica la ceniza llama al arrepentimiento, en la liturgia carbonaria el carbón llama a la fraternidad.

Porque el mensaje no es solamente: “eres mortal” sino, además: “eres igual a tus Buenos Primos y Hermanos.”

El Carbonario debe entender que la primera barrera contra la unidad no está fuera del hombre, sino dentro de él: su ego.

Mientras el iniciado conserve la obsesión por su nombre, por su importancia, por su superioridad o por sus diferencias, jamás podrá fundirse con el cuerpo de la Orden. Al contrario, continuará siendo un individuo dentro de una asamblea, pero no un Buen Primo dentro de una cadena que debe unirnos al fortalecerse cada eslabón. Por ello el ennegrecimiento ritual del rostro posee un carácter casi sepulcral: es la muerte del antiguo yo.

La negrura hace desaparecer la fisonomía particular; y cuando el rostro desaparece, también desaparecen simbólicamente la pretensión de la individualidad. El candidato deja de ser “alguien” para comenzar a ser “uno entre todos”.

Y este es un principio fundamental del Carbonarismo: la Barraca no se sostiene por el brillo de individualidades, sino por la cohesión de una voluntad en común.

Recordemos que “una sola brasa se extingue rápidamente. Un montón de brasas reunidas produce calor permanente”.

Los perseguidos en el bosque

Los antiguos carboneros del Jura, de Hannover y de la Floresta Negra vivían entre persecuciones y allí, acudían los fugitivos políticos, herejes, republicanos, patriotas o disidentes que encontraban en la espesura de la Floresta un santuario de resistencia. Los bosques siempre fueron el refugio de los “los que no pensaban igual”.

Por eso cubrir el rostro con hollín tenía, ciertamente, una función práctica: ocultar la identidad ante los paganos y ante los enemigos.

Pero el símbolo siempre supera a la utilidad. Cuando todos están ennegrecidos, nadie destaca. Cuando todos son sombras, nadie es delatado por su singularidad.

La comunidad entera se vuelve un solo cuerpo clandestino. Esto nos muestra que la unidad carbonaria no es sentimental; es orgánica.

No se trata simplemente de “llevarse bien” o de “pensar parecido”. Se trata de entender que el destino de uno está ligado al destino de todos. El perseguido, el exiliado o el revolucionario no triunfa solo. La Barraca es refugio porque es unidad.

La Floresta no protege al árbol aislado, sino al conjunto del bosque. Y es por eso que el Carbonarismo nunca fue una masonería aristocrática de salones ni una escuela de disertaciones urbanas. Fue una masonería del pueblo, de hombres y mujeres endurecidos por la intemperie, por el hambre, por la persecución y por el trabajo. Su fraternidad no era teórica. Era una fraternidad de supervivencia.

La masonería del bosque

La masonería que florece en las ciudades construye templos de piedra, que son fríos y si no son habitados muere. La masonería del bosque construye templos de necesidad. Una surge del orden arquitectónico. La otra surge de la urgencia de permanecer juntos dentro de la misma naturaleza.

En el Carbonarismo, el sufrimiento compartido es el cemento de la unidad. Quien ha pasado frío junto al mismo fuego, quien ha escondido su nombre bajo el mismo hollín, quien ha comido el mismo pan duro en la misma choza, comprende que la fraternidad no es una palabra ceremonial, sino una dependencia mutua.

Aquí radica una gran lección para nosotros: Las Órdenes iniciáticas se debilitan cuando se vuelven conjuntos de egos ilustrados; se fortalecen cuando vuelven a ser comunidades de destino.

No basta reunirse. No basta abrir trabajos. No basta con recitar fórmulas. No basta lucir los mandiles o llamarse pomposamente, con grandes títulos. Es necesario sentir que el Buen Primo y Hermano no es sólo alguien que asiste a la reunión, sino que es una extensión de nuestro propio ardor.

La unidad en la carbonaria moderna

Hoy ya no vivimos escondidos en el Jura ni huimos por la Floresta Negra. No tenemos inquisidores tras nuestras espaldas ni soldados registrando nuestras barracas. Sin embargo, los enemigos de la unidad siguen existiendo, aunque adopten formas más sutiles: la vanidad, el personalismo, la ambición de mando, la fragmentación doctrinal, las rivalidades internas, el deseo de figurar más que de servir. Todos estos son rostros “del viejo yo pagano” que el carbón debe cubrir.

Por ello, cada vez que pensamos es ese hollín iniciático, debemos preguntarnos: ¿hemos dejado realmente nuestro rostro profano fuera de la Barraca o seguimos entrando con nuestras pretensiones intactas?

La unidad carbonaria no consiste en uniformidad de pensamiento, sino en subordinación del interés individual al fuego común. Así como distintos troncos producen un solo carbón, distintos temperamentos deben producir una sola Orden.

La leña no pregunta cuál rama será la más visible cuando arda; simplemente se consume para alimentar el horno, el brasero o la chimenea. Ese es el ideal. Servir antes que destacar. Sostener antes que imponer. Fundirse antes que dividir.

“Todos somos uno”

El rostro cubierto de carbón nos deja una de las imágenes más poderosas del Rito. Porque allí donde el mundo exige identidad, el Carbonarismo exige comunión. Allí donde la sociedad celebra el nombre, la Barraca celebra el anonimato fraternal. Allí donde el ego busca distinguirse, el hollín lo vuelve indistinguible. Y cuando todos son indistinguibles, entonces todos son uno.

El carbón nos enseña que la verdadera unidad no nace del discurso, sino de la combustión conjunta. No somos llamas aisladas. Somos hornilla. No somos árboles dispersos.
Somos árboles en el Floresta. No somos hombres separados por su historia profana.

Somos Carbonarios, ennegrecidos por el mismo fuego y hermanados por la misma ceniza. Jamás olvidemos, entonces, que el primer mandamiento de la Floresta es éste: arder juntos para no extinguirnos separados. “Todos somos uno”

  ¡¡¡Ventaja y Buena Vida para todos!!!

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